domingo, 8 de mayo de 2011

Cántame otra canción


Hermes Castañeda Caudana
Cántame otra canción, te dije suplicante, después del primer tango que escuché de tu voz, grave y potente, ahí, a tu lado, luchando por sostenerme en aquellos fierros asidos a mis piernas, débiles todavía.
     Entonces el mundo se volvía aquellas notas que brotaban de ti, mamá, en otra canción de  Carlos Gardel, de las muchas que, como tú, me sabía de memoria porque te escuchaba cada noche al pie de tu mecedora, junto al pozo de la abuela, adonde hubiera deseado permanecer por siempre en la seguridad de tu regazo.
     Silencio en la noche, ya todo está en calma… Iniciaba aquella melodía y yo, miraba embelesado tus ojos color miel, pensando solamente cuánto te quería. Tú eras mi novia adorada. Yo, celoso y posesivo, me sentía en rivalidad con mi padre, en el deseo de que me quisieras nada más a mí.
     El músculo duerme, la ambición descansa. Continuabas. Yo apretaba con fuerza mi biberón con cara de payaso con una de mis manos y, con la otra, me aferraba fuertemente a tu falda, a tu blusa, a ti, mi querida madre, y experimentaba una dicha que compensaba el que no me abrazaras durante el día; imposible, en medio de tu jornada diaria dentro de la cocina donde preparabas la comida para los numerosos habitantes del hogar materno de papá, y las botanas para los clientes de la cantina que él atendía.
     Meciendo una cuna, una madre canta / un canto querido que llega hasta el alma / porque en esa cuna está su esperanza. Tu voz matizaba aquellas frases y yo estaba extasiado, quería viajar sobre las notas que brotaban de tu garganta y después regresar a ti, para robar un beso de tus labios.
     Eran cinco hermanos, ella era una santa; / eran cinco besos que cada mañana / rozaban, muy tiernos, las hebras de plata / de esa viejecita de canas muy blancas. / Eran cinco hijos que al taller marchaban. Tú también, mamá, fuiste una santa. Cada amanecer nos besabas cuando nosotros partíamos hacia la escuela. Papá y tú siempre desearon que mis hermanos y yo tuviéramos las oportunidades que a ustedes se les negaron. Tu pelo, entonces, no era cano ni lo es ahora. Las dolorosas decepciones por el amor de madre no valorado y el sufrimiento por la muerte de mi padre, no han logrado cambiar el azabache por hebras plateadas.
     Silencio en la noche, ya todo está en calma; / el musculo duerme, la ambición trabaja... / Un clarín se oye, peligra la Patria / y al grito de: “¡Guerra!” los hombres se matan / cubriendo de sangre los campos de Francia. Se elevaba tu voz y yo temblaba de emoción, ¿qué sucedería con los hijos de aquella mujer de la que hablaba la canción? Tenía miedo. Sin embargo, mami, yo estaba junto a ti y eso era suficiente para devolverme la tranquilidad. Mis piernas temblaban por el esfuerzo, mientras aguardaba el desenlace de esa historia escuchada tantas veces, que siempre era nueva en tu voz que fluía como las aguas del río Tecolutla a cuya rivera naciste, rechazada por una madre que miraba en ti, el último agravio de aquel hombre que tanto amó. Pobre de él que no escuchó nunca tu voz ni supo cuál era la canción de tu vida. Se perdió del goce de tu melodía de amor y bondad y, acaso su ausencia, volvió más potente tu canto.
     Hoy todo ha pasado, florecen las plantas; / un himno a la vida los arados cantan / y la viejecita de canas muy blancas, / se quedó muy sola, con cinco medallas / que por cinco héroes, la premio la Patria. Me desvelabas otra vez el misterio y yo, sollozaba nuevamente ante la soledad de la viejecita de Gardel, que no acompañarían aquellas frías medallas que le otorgaron a cambio de sus hijos. Mamá, te decía, a nosotros que nada nos separe por favor… Como respuesta, acariciabas mi cara y me contemplabas con la ternura que siempre ha vivido en tus ojos.
     Silencio en la noche, ya todo está en calma; / el músculo duerme, la ambición descansa… / Un coro lejano de madres que cantan  / mecen en sus cunas nuevas esperanzas. / Silencio en la noche. Silencio en las almas. Llegaba el final y yo permanecía fuertemente abrazado a la calidez de tu cuerpo. Nunca más fui tan feliz como en aquellos instantes, cerquita de ti en esas noches en calma cuando el mundo éramos solamente los dos.
     Hoy que los recuerdos reviven mis años de infancia, ¡cántame otra canción! Todavía eres joven, mamá, eleva más fuerte tu voz, que la canción de tu vida tampoco se apague. Mi papá sabrá aguardar hasta que tu esperanza no tenga más flores qué cortar. Esta vez canta también para ti, porque al final cada uno sigue las notas de sus propias melodías. Canta más alto, que tu canción y la mía se encuentren en el silencio de las noches sosegadas en que el músculo duerme y la ambición de amarte persiste, como tu voz en mis oídos.

1 comentario:

  1. Tu primer seguidor. Muy buen bog para ser el unico seguidor, pronto tendras mas. saludos

    ResponderEliminar