sábado, 7 de mayo de 2011

Arles y Argos


Te llamas Arles, como aquel lugar donde floreció la inspiración de Van Gogh. Eres demasiado impetuoso para mi carácter sosegado. Posees energía de sobra y a mí, me falta tiempo para jugar contigo y acompañarte por algún lugar soleado adonde puedas correr y saltar, como tanto te gusta. Tal vez mientras yo deseo que apacigües tu afán de explorarlo todo a tu alrededor, te preguntas por qué desperdicio horas preciosas ante mis libros o frente a la computadora. Tu  pelaje es abundante y aterciopelado, tu andar cadencioso y con estilo; tu hambre, insaciable e impostergable; y tu compañía, inmejorable. En tus ojos vivaces y saltones miro los míos como en ningunos, sedientos de la ternura que para mí tú tienes a raudales. Juntos olemos si el viento nos anuncia buenas nuevas, o simplemente, anticipa lluvias o días soleados. Ambos ladramos a la luna, creyéndola cercana y alcanzable, como los mejores sueños perrunos y humanos, mezclados en singular convicción.
     Llegaste a mí porque la generosidad de mi amiga Karla lo permitió. Ella te brindó a mi cuidado, y yo, desde entonces te he mimado con entera devoción. Mi madre no quería un perro más en casa porque ya teníamos a Niza, por eso, la misma fuerza de tus cortas patas al galopar, fue la que jaló de mí hacia una nueva etapa de mi vida, fuera nuevamente del hogar materno.
     Tú, Argos, de nombre tan mítico como el mío, eres la antítesis de Arles. Tu pelaje y el suyo contrastan como el día y la noche; como el chocolate blanco, con la sal y la pimienta. Tu andar es grácil y pausado, sin embargo, corres cual saeta, ágil y preciso. Tus ladridos son tan graves como escasos. Tu apetito, selectivo y mesurado. Eres adicto a mí, como a las moscas que cazas haciendo malabares en el aire. Cachorro sagaz y cariñoso, tu pasado es un misterio. Me pregunto si como sucede conmigo, tu más tierna mocedad es la culpable de esa melancolía añeja en tu mirada.
     ¿Recuerdas cómo nos conocimos? Llegaste una tarde de verano hasta mi puerta y sin más, te alimenté y te estreché en mis brazos. Pensé que quizá te encontrabas extraviado, que en cualquier momento aparecería por la cuadra un pequeño a reclamarte y llevarte consigo, para mi desconsuelo. Aquella noche en que te acurrucaste afuera del lugar donde yo vivía, fue decisiva. Arles protestó ante tu llegada, sin embargo, yo no podía permitir que pasaras la noche a la intemperie en medio de la tormenta que se miraba venir, por eso, te arropé y dormiste bajo la calidez de mi techo. Al día siguiente, te devolví la libertad que tú ya no deseabas. Cuando salí de casa seguiste al vehículo en que me iba, en una impetuosa y larga carrera que rompió mi corazón. Ese mismo día, con astucia, te ganaste la simpatía de Arles, celoso y apabullante como un torbellino. Habías entrado en nuestras vidas para ya no irte jamás.
     El día comienza cuando Arles lo decide, ¿a las cinco o seis de la mañana? Depende de qué tanto lo inquiete el canto de los pájaros o el zumbido de las abejas alrededor de mi cirián. Mi jornada finaliza cuando miro que ambos, junto a mí, aguardan a que yo cese de golpear este teclado y deje de soñar con los ojos muy abiertos, para dar paso al descanso.
     Mis perros son mi debilidad. No los castigo por sus travesuras, quizá porque yo jamás fui reprendido por mis padres. Con ellos, aprendo a fijar las normas que tal vez a mí me faltaron. A falta de ser papá me he convertido en guardián protector de mis dos amigos, con quienes me siento querido y necesario. Ellos son mis tiernos compañeros de sinsabores y en mis ratos de inspiración. Cada recibimiento suyo me recuerda lo inconmensurable que puede ser el cariño sincero. Como las ilusiones, me hacen falta cada día para no desfallecer ante el desaliento y la tristeza. Junto a ellos se unen con afecto los trocitos de mi infancia. Necesito sus ladridos inundando mi espacio y sus lengüetazos de franca felicidad, acariciando mi rostro. Con Argos y Arles, la vida me ha devuelto la inocente esperanza de aquel niño que un día fui.

1 comentario:

  1. Me preguntaba de donde sacaba a Arles y argos en sus comentarios de facebook.. hasta que vi el artículo... que lindos ...

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